Un muro contra el olvido

El arquitecto de la memoria gallega en Venezuela

Martes, diez de la mañana, en la típica plaza gallega. Un cruceiro en todo el centro, piso de piedras y banquitos de madera. Se estaba enfriando, no dejaba de removerlo, en un constante movimiento circular y lento, a mitad de la conversación, finalmente toma el primer sorbo de café.

— Señor Quiroga, ¿Cómo viene usted hasta la Hermandad Gallega? ¿Lo traen? “No hace falta, yo vengo en camionetica”, responde Don Manuel.

Don Manuel Álvarez Quiroga, gallego de 89 años, es el guardián de la memoria de su tierra en Venezuela. Llegó solo a los 19 años de edad a bordo del mítico barco Santa María, atesorando desde entonces el billete de su travesía y la primera cédula de identidad.

Sí, este fue el punto de partida. El origen de lo que hoy lo convierte, no solo en un simple archivista, sino en el arquitecto de la memoria gallega en Venezuela. Un hombre cuya existencia es una monumental paradoja. Tras las estanterías inmaculadas del archivo histórico, donde reposa la huella de la migración, yace una verdad que desestabiliza su propia obra: su mente, confiesa, opera en un estado de «desorganizada» turbulencia.

El archivo, fundado en 2023 pero cosechándose desde hace más de cuatro décadas, nace del acervo que Quiroga mantuvo en su casa. En ese tiempo se dedicó a guardar ocasionalmente documentos, fotos, recuerditos, cualquier porción de su tierra bajo una premisa ineludible: la fragilidad de la vida individual frente a la perennidad de la institución. Su motivación se convirtió en un manifiesto: “Aquí estamos de paso —dice—, cerramos el ojo y eso se va a perder, pero la Hermandad queda”.

Nos introdujo a un huequito cuyas paredes exteriores lucen azulejos y sargadelos. Surge la pregunta: ¿Qué preserva este santuario? Hay carpetas numeradas y estantes de metal donde revistas, boletines y fotografías representan la vida cotidiana de una comunidad que hizo del exilio una forma de pertenencia, todo en una habitación sin ventanas. El archivo es el repositorio de figuras históricas, allí se cruzan expresidentes y alcaldes de España y Galicia, ajedrecistas catalogados como los mejores del mundo y el deportivo de Galiza y sus nueve Copa Libertadores, personas con una memoria viva que se negó al olvido.

Cuando se le cuestiona sobre qué teme más, ¿El olvido de su existencia o la pérdida de aquel archivo? no duda: «me da más miedo que se pierda el archivo, el orden de ese archivo».

Tal vez esa urgencia por clasificar cada documento es el reflejo de una necesidad más profunda: la de ordenar su propia historia. Hay algo meramente conmovedor en su manera de narrar. A veces interrumpe sus frases para corregir una fecha o agregar un dato mínimo. Otras veces, el hilo se rompe y queda en silencio, mirando hacia un punto invisible. Entonces uno comprende que ese desorden interno del que
habla no es olvido, sino una forma de exceso: demasiados recuerdos luchando por salir al mismo tiempo.

En su lengua materna, Quiroga se define con una certeza inamovible, anclando su identidad a la tierra que su archivo ha honrado: «Eu son galego. Nací en Celanova… Eu naterra de Curros Enrique Ferreiro Pepeo e grandes poetas nesa vila».

El archivo, diría él, habla de su «organización» y su «voluntad». Pero es en la contradicción de su mente y en la audacia de sus colecciones donde se encuentra la verdadera historia del hombre que levantó un muro de documentos contra el olvido, un muro que es tanto su legado como su refugio.

Esa relación íntima con el orden ajeno es, quizá, la clave de su permanencia. Quiroga encuentra sentido en la rutina, en la clasificación minuciosa de los rastros colectivos. Mientras afuera el mundo cambia, la Hermandad Gallega queda intacta, él insiste en mantener viva la historia que le dio nombre.

Hoy, las paredes del archivo histórico gallego están cubiertas de ese gesto: el de un hombre que, en lugar de escribir su autobiografía, decidió
clasificar la de todos.

Se hicieron las doce del mediodía, la hora de despedirse, pero Don Manuel no tenía ese concepto del tiempo bien claro, él seguía hablando, mostrando fotos e inclusive explicando cuál era el mejor ángulo para sacarle provecho al archivo de fotos que acompañaría esta semblanza.

El timbre del colegio dentro de la Hermandad sonó y familias enteras estaban dispuestas a continuar su día, pero él se quedó, en su pequeño
gran rincón del mundo. Entre carpetas, nombres y fechas, parecía formar parte del propio archivo, como si el tiempo lo hubiera archivado también a él.

Entre la línea que divide la realidad de aquella burbuja histórica, se logró escuchar: “Vuelvan pronto… aún me quedan cosas por contar”.

Por Andrea Alarcón,
Valeria Gamboa y Hector Zavarce.